A un año del Jet Set: el centro nocturno por excelencia que se convirtió en un cementerio; hoy el cielo también llora por sus víctimas y exige justicia

A un año de la tragedia del Jet Set, la República Dominicana sigue mirando hacia un vacío incómodo: el de las respuestas que no llegan. Lo que ocurrió aquella noche no fue solo un accidente aislado ni una cifra fría en los registros oficiales; fue una herida colectiva que aún no cicatriza. Con 236 fallecidos y 180 heridos, el país quedó marcado por una de las peores tragedias en espacios de entretenimiento de su historia reciente.

Doce meses después, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué pasó realmente y quién responde por ello? La ausencia de conclusiones claras, de sanciones concretas o de una narrativa oficial convincente ha alimentado una sensación de impunidad que resulta tan dolorosa como los hechos mismos. La justicia dominicana, en este caso, parece avanzar con una lentitud que desespera o, peor aún, con un silencio que inquieta.

Hay un elemento que no puede ignorarse: el perfil de muchas de las víctimas. En la tragedia del Jet Set murieron figuras conocidas, personas influyentes, miembros de la élite económica y social del país. Empresarios, profesionales destacados y rostros habituales de los círculos de poder estaban entre los fallecidos. Sus nombres ocuparon titulares, sus historias fueron contadas, sus pérdidas resonaron en espacios donde usualmente el dolor colectivo no siempre logra entrar.

Esto lleva a una reflexión incómoda pero necesaria: ¿seguiría hablándose tanto de esta tragedia si las víctimas hubiesen sido, en su mayoría, ciudadanos anónimos de sectores populares? La cobertura mediática, la presión social y la permanencia del tema en la agenda pública parecen estar, en parte, condicionadas por quiénes fueron los que murieron. Es una realidad que revela profundas desigualdades en la forma en que se procesa el duelo y se exige justicia en el país.

Sin embargo, reducir la tragedia a la condición social de sus víctimas sería también injusto. Más allá de clases, lo ocurrido expuso fallas estructurales: posibles negligencias, falta de supervisión, debilidades en los protocolos de seguridad y, sobre todo, una institucionalidad que no ha sabido responder con la contundencia que la magnitud del hecho exige.

La memoria de quienes perdieron la vida merece más que actos conmemorativos. Merece verdad. Merece justicia. Y merece garantías de que algo así no volverá a repetirse. Cada día sin respuestas es un recordatorio de que el país aún está en deuda con las víctimas, con sus familias y consigo mismo.

A un año del Jet Set, el silencio institucional pesa tanto como aquella noche. Y mientras no se rompa, la tragedia seguirá viva, no solo en el recuerdo, sino en la indignación de un país que aún espera.