Las encuestas recientes están enviando un mensaje que la dirigencia política no debería ignorar.

Mientras gran parte del debate público gira alrededor de cuál partido aparece primero o cuál candidato encabeza una medición, existe un dato mucho más trascendente: cada vez son más los dominicanos que responden que no simpatizan con ningún partido político.

Ese “Ninguno” no es un partido, no tiene un presidente, ni una estructura, ni locales, ni dirigentes. Sin embargo, representa uno de los bloques electorales más grandes del país.

Ese dato debería cambiar la manera en que los partidos diseñan su estrategia política.

Durante décadas la competencia se concentró en movilizar las estructuras partidarias, fortalecer las bases y consolidar el voto tradicional. Pero el escenario ha cambiado. Hoy existe una masa importante de ciudadanos que no se siente representada por ninguna organización política y que espera algo diferente

No son electores que puedan conquistarse únicamente mediante la movilización territorial o las viejas prácticas clientelares. Una parte importante de ellos exige algo distinto: ideas, credibilidad, capacidad de gestión, soluciones concretas y liderazgo.

No basta con pedirles el voto. Hay que convencerlos.

Ese ciudadano observa, compara, cuestiona y evalúa. No entrega su confianza por tradición familiar ni por fidelidad histórica. La entrega cuando encuentra una propuesta que considera seria y un liderazgo capaz de ejecutarla.

Por eso resulta un error que algunos partidos dediquen la mayor parte de sus esfuerzos a hablarles únicamente a sus militantes. Las elecciones no se ganan convenciendo a quienes ya están convencidos. Se ganan conquistando a quienes todavía no encuentran una opción que los represente.

En el caso del Partido de la Liberación Dominicana, este desafío es aún más importante.

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El PLD posee experiencia de gobierno, una estructura nacional y dirigentes con capacidad técnica. Pero esas fortalezas solo producirán resultados si logran conectar nuevamente con ese ciudadano independiente que hoy responde “ninguno” cuando le preguntan por su simpatía partidaria.

Eso exige un cambio de enfoque.

Más debates y menos descalificaciones.

Más propuestas y menos consignas.

Más contacto con la ciudadanía y menos conversaciones internas.

El país demanda respuestas sobre seguridad, empleo, costo de la vida, educación, salud, transporte, institucionalidad y crecimiento económico. Ahí debe concentrarse la conversación política.

Quien logre hablarle con credibilidad a ese amplio segmento de dominicanos que hoy no se identifica con ninguna organización estará construyendo la mayoría electoral del mañana.

Porque el verdadero adversario ya no es únicamente el partido contrario.

El mayor desafío de todos los partidos es conquistar a quienes todavía no creen en ninguno

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